La historia más grandiosa jamás contada: Cuando Dios vino a la Tierra

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La historia más grandiosa jamás contada: Cuando Dios vino a la Tierra

by | Aug 15, 2024 | Iglesia, Vida | 0 comments

En un mundo cautivado por superhéroes y dioses míticos que descienden de otros reinos, hay una historia que se destaca por sobre el resto: un relato verdadero de la venida de Dios Todopoderoso a la Tierra. A diferencia de los cuentos de ficción donde los dioses visitan por curiosidad o para escapar de los problemas en sus propios reinos, esta historia revela una misión divina impulsada por el amor puro y el deseo de salvar a la humanidad.

El Evangelio de Lucas pinta una imagen vívida de este evento extraordinario. En el pequeño pueblo de Belén, una joven pareja llamada María y José se encontró sin alojamiento adecuado. Había llegado el momento de que María diera a luz y, como no había lugar disponible en la posada, dio a luz a su bebé en un humilde establo. Este niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, no era un bebé común. Era Jesucristo, el Hijo de Dios, que vino a la Tierra como un frágil bebé humano.

El contraste es sorprendente. El Rey de reyes, que dejó las glorias del Cielo para nacer en las circunstancias más modestas. ¿Por qué el Creador del universo elegiría una entrada tan humilde en nuestro mundo?

La respuesta se encuentra en la naturaleza misma del amor de Dios por nosotros. Cristo no vino por ninguna carencia o problema en el Cielo. Vino por nosotros, porque lo necesitábamos. Su misión fue de rescate y redención, impulsada por un amor tan profundo que es difícil para nuestras mentes humanas comprenderlo por completo.

La Escritura nos dice que Jesús “no estimó el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:6-7). Él voluntariamente dejó de lado los privilegios de la divinidad para vivir entre nosotros, experimentar nuestras alegrías y nuestras tristezas y, en última instancia, salvarnos.

Los humildes comienzos de Jesús marcaron el tono de toda su vida terrenal. Nacido de un simple carpintero y su esposa, criado en la anodina ciudad de Nazaret, Jesús vivió una vida muy alejada del poder y el lujo terrenales. Sin embargo, en su humildad, demostró el mayor poder de todos: el poder del amor desinteresado.

A lo largo de su ministerio, Jesús nos mostró lo que significa vivir una vida completamente dedicada a Dios y a los demás. Sanó a los enfermos, consoló a los quebrantados de corazón y enseñó con sabiduría y autoridad. Lo más importante es que vivió una vida sin pecado, convirtiéndose en el sacrificio perfecto para salvar la brecha entre la humanidad y Dios.

El clímax de la misión terrenal de Jesús fue su muerte en la cruz. Como Él mismo dijo: “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Su muerte no fue un trágico accidente ni la victoria de sus enemigos. Fue el propósito mismo por el que vino: tomar sobre sí el castigo por nuestros pecados y ofrecernos el don de la vida eterna.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué Dios haría tanto por nosotros? La respuesta es simple y profunda: amor y gracia.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Este famoso versículo resume la esencia de la motivación de Dios. Su amor por nosotros es incondicional, ilimitado y más poderoso de lo que podemos imaginar. Fue este amor lo que trajo a Jesús del Cielo a la Tierra, de un pesebre a una cruz.

De la mano del amor de Dios está Su gracia, Su favor inmerecido hacia nosotros. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Nunca podríamos ganarnos la salvación, pero Dios la ofrece gratuitamente debido a Su naturaleza misericordiosa.

Esta increíble historia del amor y la gracia de Dios exige una respuesta de nuestra parte. ¿Cómo debemos reaccionar ante una demostración tan asombrosa del amor divino?

Primero, estamos llamados a responder con fe. Al igual que los pastores que oyeron la proclamación de los ángeles y corrieron a ver al Rey recién nacido, estamos invitados a creer en la buena noticia de Jesucristo. Esta fe no es sólo un asentimiento intelectual a los hechos, sino una confianza que transforma nuestras vidas. “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).

En segundo lugar, nuestra respuesta debe ser de adoración. Cuando los pastores vieron a Jesús, regresaron “glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto” (Lucas 2:20). Los verdaderos encuentros con el amor y la gracia de Dios conducen naturalmente a la adoración y la alabanza. ¿Dios te ha salvado? ¿Ha cambiado tu vida o te ha dado esperanza? ¡Deja que tu gratitud se desborde en adoración!

Por último, estamos llamados a compartir esta buena noticia con los demás. Los pastores no podían quedarse callados acerca de lo que habían visto y oído. De la misma manera, cuando realmente comprendemos la magnitud del amor de Dios por nosotros en Cristo, no podemos evitar querer contárselo a los demás. El último mandato de Jesús a sus discípulos fue “id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). Tenemos el privilegio y la responsabilidad de compartir este mensaje que cambia la vida con el mundo.

Al reflexionar sobre esta gran historia, la venida de Dios a la Tierra como un hombre nos ha salvado: dejémosle transformar nuestros corazones y nuestras vidas. Respondamos con fe, adorando al Dios que nos ama tan profundamente y compartiendo su amor con quienes nos rodean.

En un mundo que a menudo parece oscuro y sin esperanza, la historia de Jesús nos recuerda que la luz ha llegado al mundo. Dios mismo nos ha visitado, no para condenarnos, sino para salvarnos.