En un mundo que a menudo se siente caótico e incierto, hay un mensaje atemporal que ofrece esperanza, propósito y transformación. Es un mensaje que ha cambiado innumerables vidas a lo largo de la historia y continúa haciéndolo hoy. Este mensaje es el Evangelio de Jesucristo, y su importancia no se puede exagerar.
Pero, ¿por qué es tan crucial compartir este mensaje? ¿Y cómo podemos comunicarlo de manera efectiva en nuestra vida diaria? Exploremos estas preguntas y descubramos el profundo impacto de difundir las Buenas Nuevas.
El poder del Evangelio
En esencia, el Evangelio trata sobre el poder transformador de Jesucristo. No es solo un conjunto de creencias o un código moral; es un encuentro que cambia la vida con el Dios vivo. Como vemos en el ejemplo de Juan el Bautista, los verdaderos mensajeros del Evangelio entienden que ellos mismos no son la fuente de este poder.
Juan, a pesar de su popularidad e influencia, humildemente declaró: “Yo os bautizo con agua, pero vendrá uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lucas 3:16). Esta poderosa declaración nos recuerda que nuestro papel no es elevarnos a nosotros mismos, sino señalar a otros hacia Cristo.
El apóstol Pablo hace eco de este sentimiento en 1 Corintios 3:5-7, al afirmar: “¿Qué es, pues, Apolos? ¿Y qué es Pablo? Solamente servidores, por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según el Señor asignó a cada uno su tarea. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha estado dando el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega son algo, sino Dios, que da el crecimiento”.
Esta humildad es esencial para compartir el Evangelio. Debemos recordar que no es nuestra elocuencia, sabiduría o carisma personal lo que cambia vidas, sino el poder de Dios obrando a través de Su Palabra.
La urgencia de nuestra misión
Si bien es crucial comprender nuestro papel, también debemos comprender la urgencia de nuestra misión. La Biblia es clara en cuanto a que nuestro tiempo para compartir el Evangelio es limitado. Hebreos 9:27 nos recuerda: “Así como está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. Esta verdad aleccionadora subraya la importancia de compartir las Buenas Nuevas ahora, mientras todavía hay tiempo.
Jesús mismo habló de su regreso, diciendo: “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mateo 16:27). Esta promesa del regreso de Cristo debería motivarnos a compartir el Evangelio con urgencia y pasión.
El apóstol Juan, en el libro de Apocalipsis, enfatiza aún más esta urgencia: “Bienaventurado el que lee las palabras de esta profecía, y bienaventurados los que la oyen y guardan en su corazón las cosas en ella escritas, porque el tiempo está cerca” (Apocalipsis 1:3).
Cómo vencer el miedo y abrazar la valentía
A pesar de comprender la importancia y la urgencia de compartir el Evangelio, muchos creyentes dudan. El miedo al rechazo, al ridículo o a la persecución puede frenarnos. Sin embargo, el apóstol Pablo nos anima con estas palabras: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).
Debemos recordar que el mensaje que llevamos no es nuestra propia opinión o filosofía, es la Palabra misma de Dios. Como exhortó Pablo a Timoteo: “Predica la palabra; instálate a tiempo y fuera de tiempo; corrige, reprende y anima con mucha paciencia e instrucción” (2 Timoteo 4:2).
El costo del discipulado
Si bien compartir el Evangelio es nuestro llamado, también debemos estar preparados para los desafíos que pueda traer. Jesús nunca prometió a sus seguidores una vida fácil. De hecho, dijo: “El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).
El ejemplo de Juan el Bautista es particularmente conmovedor. A pesar de su fiel servicio a Dios, fue encarcelado y finalmente ejecutado por su valiente proclamación de la verdad. Esto sirve como un duro recordatorio de que seguir a Cristo y compartir su mensaje puede tener un gran costo personal.
Sin embargo, se nos anima a ver este costo a la luz de la eternidad. Pablo escribe: “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). Nuestra incomodidad o sacrificio temporal palidece en comparación con el peso eterno de la gloria que nos espera.
El valor de un alma
Al considerar el costo de compartir el Evangelio, también debemos recordar el inmensurable valor de un alma humana. Jesús planteó esta profunda pregunta: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿O qué puede dar uno a cambio de su alma?” (Marcos 8:36-37).
El misionero Jim Elliot, quien dio su vida compartiendo el Evangelio con una tribu no alcanzada, dijo la famosa frase: “No es tonto el que da lo que no puede conservar para ganar lo que no puede perder”. Esta poderosa declaración resume la perspectiva eterna que debemos mantener al compartir las Buenas Nuevas.
Un llamado a la acción
A la luz de estas verdades, ¿cómo debemos responder? A continuación, se indican algunos pasos prácticos que podemos dar:
1. Profundizar nuestra comprensión del Evangelio mediante el estudio regular de la Biblia y la oración.
2. Cultivar un corazón humilde, reconociendo que es el poder de Dios, no el nuestro, el que cambia las vidas.
3. Buscar oportunidades para compartir el Evangelio en nuestra vida diaria, ya sea a través de palabras o acciones.
4. Estar preparados para enfrentar los desafíos y la oposición, sacando fuerza de las promesas de Dios.
5. Mantener una perspectiva eterna, recordando el valor de cada alma y la gloria que nos espera.
Al acoger este llamado a compartir el Evangelio, que nos animen las palabras del apóstol Pablo: «Por tanto, mis amados hermanos, manténganse firmes. No dejen que nada los desvíe de su camino. Entréguense siempre por completo a la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Corintios 15:58).
El mensaje del Evangelio es tan relevante y poderoso hoy como lo ha sido siempre. En un mundo en busca de esperanza y sentido, tenemos el privilegio de compartir la verdad transformadora de Jesucristo. No retrocedamos ante este llamado, sino que proclamemos con valentía y amor la Buena Nueva, sabiendo que la eternidad está en juego.